“El erizo y el zorro”, libro de Isaiah Berlin

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Hace 19 años, el día 5 de noviembre de 1997, falleció Isaiah Berlin, para mí el más grande pensador político liberal del siglo XX.

Nacido en Letonia en 1909, Berlin se destacó fundamentalmente como historiador de las ideas. Sus obras más destacadas son “Karl Marx, su vida y su entorno” (donde inicia su vocación por la historia del pensamiento), “Cuatro ensayos sobre la libertad” (donde se encuentran sus clásicos ensayos “Dos conceptos de libertad” y “La inevitabilidad histórica”), “Pensadores rusos” (donde se encuentra su magistral ensayo “El erizo y el zorro”), “Contra la corriente” (para mí su mejor libro, donde se encuentra su incomparable escrito “La originalidad de Maquiavelo” y su perspicaz ensayo “Nacionalismo: Omisión en el pasado y poder en el presente”), “El fuste torcido de la humanidad” (donde se encuentra su emotivo discurso “La persecución del ideal”, y los polémicos ensayos “La decadencia de las ideas utópicas en Occidente” y “La apoteosis de la voluntad romántica”), entre otros.

Todos estos ensayos son de fácil lectura y nos enseñan a comprender mejor la complejidad de nuestro mundo, guiado por valores, intereses, necesidades y derechos que se contraponen unos con otros permanentemente, y en que las soluciones simplistas y totalizadoras nos conducen al más rotundo fracaso y a la servidumbre de quienes tienen menos poder en la sociedad.

El pensamiento de Berlin es un llamado a la humildad y a la responsabilidad de nuestros proyectos colectivos. Lo que implica una democracia en la que se garanticen los derechos individuales (libertad) y se reconozca la diversidad de formas de vida como principio fundamental de convivencia (pluralismo).

En su clásico ensayo “El erizo y el zorro”, Berlin plantea una brillante distinción entre dos actitudes intelectuales distintas y contrapuestas para abordar los problemas humanos: la del erizo y la del zorro. Está basada en un poema de Arquíloco, de la Grecia pre-socrática, que dice: “el zorro sabe muchas cosas, mientras que el erizo sólo sabe una gran cosa”.

A partir de esta frase, Berlin señala que entre los grandes cultores de la historia del pensamiento y de las artes, algunos se ubican en el lado de los erizos y otros en el de los zorros. Autores como G.K. Chesterton o F. Nietzsche (uno católico y el otro ateo, ambos a muerte) serían erizos, en tanto que H. Hesse o J. S. Mill serían zorros.

Los erizos son centrípetos, los zorros centrífugos; los erizos son convergentes, los zorros divergentes; los erizos creen que la armonía es lo que nos hace mejores seres humanos; los zorros, en cambio, piensan que el conflicto es consustancial a la vida humana; mientras los erizos piensan que los problemas se explican sobre la base de un sólo gran principio universal, los zorros piensan que un problema puede tener innumerables explicaciones y basarse en principios distintos y hasta contrapuestos; mientras los erizos creen que frente a cada problema hay sólo una respuesta correcta, los zorros piensan que las soluciones pueden ser variables y contradictorias; mientras los erizos piensan que los valores éticos deben ser coherentes, como las piezas de un rompecabezas perfecto; los zorros estiman que tales valores son inconmensurables, es decir, que no están regidos por un mismo patrón de medida, por lo que están en permanente colisión unos con otros. La misma cuestión sucede con los derechos…

En suma, mientras los erizos defienden una ética monista, los zorros abogan por una ética pluralista, sin necesidad de ser relativistas ni subjetivistas. Porque es perfectamente posible concebir los valores como entes objetivos, claramente identificables, y no obstante asumir que pueden entrar en conflicto en determinadas situaciones concretas.

“El erizo y el zorro” está dedicado a la obra del célebre escritor ruso Lev Tolstoi -a quien Berlin califica como un zorro que quiso ser un erizo-, y constituye uno de los más enriquecedores textos de no ficción que he tenido oportunidad de leer y disfrutar.

Una versión separada de este ensayo fue publicada -y recientemente reeditada- por el sello Península como libro independiente, y tiene el mérito de incluir como prólogo un fabuloso artículo de Mario Vargas Llosa de 1980 (tal vez su mejor texto de no ficción), titulado “Un héroe de nuestro tiempo”, y que es lejos la más bella introducción que he leído sobre el pensamiento de Isaiah Berlin.

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