Peña le da duro a Luksic por usar Twitter y creer que así mejora su imagen pública

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El rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, critica duramente el uso que está haciendo el empresario Andrónico Luksic de la red social Twitter, afirmando que está equivocado en pensar que con eso mejora su imagen pública.

En su habitual columna en El Mercurio, Peña explica que en el país hay actualmente una confusión entre lo que es la opinión del público y la opinión pública, y como ejemplo coloca al empresario, afirmando que “él no es el único que la padece (como se verá, también ocurre en política) el entusiasmo con que la exhibe merece se la bautice con su nombre. Así, puede llamarse a esta confusión, la confusión de Luksic”.

A juzgar por la conducta que Andrónico Luksic ha ejecutado el último tiempo (intercambiando tuits simplones como un adolescente entusiasta), él parece creer, o le han hecho creer, que resultar simpático al público, a la gente que escribe en Twitter y se entretiene en la ilusión de los 140 caracteres; ejecutar alguna vez la demagogia de andar en metro o la generosidad liviana de regalar libros, es cuanto un empresario necesita para mejorar su imagen y la de la clase a la que pertenece. Como si estar bien con el público fuera equivalente a mejorar el prestigio ante la opinión pública”, sostuvo.

El académico también pone como ejemplo a la política, apuntando a que algunas fuerzas políticas “ven en dos periodistas de amplia popularidad (Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez) a probables candidatos presidenciales. ¿Hay ideas previas, un relato seductor del uno o de la otra, una trayectoria de liderazgo, algo distinto a la seducción fugaz de la pantalla que permita explicar esa nominación? No”.

Y continúa: “Este caso parece estar animado por la creencia de que por tratarse de personas conocidas y abundantes en habilidades para ganarse el favor del público (o al menos no despertar sus asperezas) serán también capaces de formar opinión pública. Como si las virtudes del buen periodista que elabora la pauta del día a día (anticipando lo que el público quiere ver u oír) fueran también las virtudes del buen político. Se trata de un error”.

En ese sentido, explica que “mientras la opinión del público es más o menos ligera y carente de toda mediación (el público simplemente reacciona a lo que ve u oye, a lo que halaga sus prejuicios o los irrita, a la que la acuna o la escuece); la opinión pública (según enseñó tempranamente Tocqueville e insistió Ortega) es un estado cultural, una cierta sensibilidad media que se decanta y se configura poco a poco y que no se confunde con las reacciones inmediatas de nadie en particular”.

Mientras la opinión del público (esa que Luksic parece obsesionado en ganar para sí) es la mera suma o yuxtaposición de reacciones de las audiencias, la opinión pública es un ámbito más lento, que va decantando poco a poco impresiones y prestigios que orientan, en el mediano plazo, las decisiones más reflexivas. Mientras la opinión del público es fugaz y se olvida rápido, la opinión pública es más estable y poco a poco precipita en la cultura”, agrega.

En ese sentido, precisó el desafío del político es sintonizar o modificar la opinión pública y no halagar al público, es “interpretar esa sensibilidad media, esa corriente muda que orienta el quehacer de la gente y no, en cambio, acariciar las opiniones que ella vierte cuando reacciona de buenas a primeras. Distinguir entre la opinión del público y la corriente de la opinión pública, es el secreto del buen político. Por eso este último no desespera por las opiniones de la gente y en cambio apuesta siempre a interpretar el murmullo de la opinión pública, que es diferente. En eso están de acuerdo autores, bajo otros respectos tan distintos, como Hume u Ortega”.

Peña sostiene que en el Chile de hoy todos están “tentados de olvidar esa distinción y dispuestos, en cambio, a nadar cómodos en la superficie de las opiniones del público, dejándose acunar por esa ilusión momentánea de prestigio o de reputación”.

Y ahí está Andrónico Luksic leyendo y respondiendo tuits y creyendo que el número que recibe o la cantidad de likes que gana, son equivalentes a una buena reputación o que consolidan su prestigio. Y ahí están también esas dos fuerzas políticas creyendo que las virtudes de un periodista son más o menos las mismas que ejercita el político de veras. Todo eso hasta que Luksic descubra que la popularidad lo volvió banal. Y se dé cuenta que ser banal le ahorra molestias, sin duda, pero no le construye una buena reputación. Y era eso último lo que perseguía ¿o no?”, menciona.

Y todo eso hasta que, por su parte, las fuerzas políticas que han erigido a dos periodistas como candidatos, concluyan que con ellos sumaron algunos votos, pero no lograron cambiar un ápice la opinión pública. Y de eso se trataba ¿o no?”, concluye su columna.

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