Miércoles 15 De Julio De 2026
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Fútbol, Malvinas y la tentación de confundir la historia con los 90 minutos

Fútbol, Malvinas y la tentación de confundir la historia con los 90 minutos

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La vicepresidenta argentina, Victoria Villarruel, decidió recordarle al mundo que para ciertos sectores de la política argentina un partido contra Inglaterra nunca es solamente un partido. En la víspera de la semifinal del Mundial, publicó un mensaje donde calificó a los ingleses como “piratas usurpadores” y afirmó que el encuentro era “Malvinas, el Diego, la última de Leo y pararle el carro a los invasores”.

La reacción era previsible. Aplausos patrióticos de un lado. Escándalo diplomático del otro. Pero el problema no está en la pasión futbolera. El problema es más profundo: la persistente incapacidad argentina para distinguir entre memoria histórica, política exterior y espectáculo deportivo.

Porque el riesgo no es que se recuerde Malvinas. El riesgo es convertir Malvinas en un recurso emocional de consumo rápido.

Argentina posee un reclamo soberano legítimo reconocido por numerosas resoluciones internacionales. Eso es un hecho. También es un hecho que la guerra de 1982 terminó en una derrota militar y estratégica cuyas consecuencias siguen pesando sobre la posición argentina cuarenta años después. Y también es un hecho que ningún campeonato del mundo modifica una sola línea del Derecho Internacional.

Ni la Mano de Dios cambió la situación jurídica de las Falklands en 1986.

Ni un triunfo hoy lo hará en 2026.

Sin embargo, parte de la política argentina parece convencida de que existe una continuidad directa entre un gol de Maradona y una negociación diplomática en Naciones Unidas. Como si Scaloni fuera una especie de canciller táctico y Messi un enviado especial para asuntos de descolonización.

No funciona así.

La paradoja es fascinante. Mientras el entrenador Lionel Scaloni insistía en que se trataba solamente de un partido de fútbol, la vicepresidenta buscaba convertir el encuentro en una reedición simbólica del conflicto anglo-argentino.

En otras palabras, el cuerpo técnico intentaba despolitizar el evento mientras una de las más altas autoridades del Estado argentino hacía exactamente lo contrario.

Es la diferencia entre el deporte como competencia y el deporte como terapia nacional.

Porque eso es lo que subyace detrás de muchos discursos sobre Malvinas en Argentina: una necesidad permanente de utilizar el pasado para compensar frustraciones del presente.

Cuando la economía falla, aparece Malvinas.

Cuando la política se fragmenta, aparece Malvinas.

Cuando hay una semifinal contra Inglaterra, aparece Malvinas.

La cuestión es si esta instrumentalización ayuda realmente a la causa argentina.

La respuesta probablemente sea no.

Los isleños observan estos episodios con atención. Cada vez que una autoridad argentina habla de “invasores”, “piratas” o “enemigos históricos”, fortalece precisamente aquello que Buenos Aires intenta debilitar: la percepción de que la población de las islas tiene razones para desconfiar de Argentina.

Es un curioso fenómeno de autoboicot diplomático.

Cuanto más agresiva es la retórica, más sólido se vuelve el argumento británico de que los habitantes de las islas no desean una vinculación con Argentina.

Mientras tanto, Londres ni siquiera necesita responder.

Basta con esperar.

Pero existe una dimensión todavía más interesante.

En el fondo, Villarruel expresa algo que muchos argentinos sienten genuinamente: que la relación con Inglaterra posee una carga histórica imposible de ignorar.

Y tienen razón.

Los argentinos no ven a Inglaterra como ven a Dinamarca o Bélgica.

Existe una memoria colectiva marcada por las invasiones inglesas, por el conflicto de 1982 y por décadas de disputa diplomática.

Eso es real.

Lo que resulta problemático es creer que esa memoria constituye una estrategia.

Porque la geopolítica no premia las emociones.

Premia los resultados.

Y los resultados se obtienen con alianzas, influencia internacional, crecimiento económico, capacidad tecnológica y credibilidad diplomática.

No con hashtags patrióticos.

No con relatos épicos reciclados cada cuatro años.

No con la ilusión de que una semifinal del Mundial pueda resolver lo que cuarenta años de diplomacia no han logrado.

Paradójicamente, Inglaterra entiende esto mejor que Argentina.

Los británicos pueden perder el partido y seguir controlando las islas.

Ahí reside la diferencia fundamental entre una victoria deportiva y una posición estratégica.

Por eso, quizás la pregunta relevante no sea quién ganará hoy en Atlanta.

La pregunta es otra.

¿Qué ocurrirá hoy?

Si Argentina gana, habrá festejos.

Si pierde, habrá frustración.

Pero cuando las luces del estadio se apaguen y el Mundial continúe su curso, las Falklands seguirán exactamente donde estaban antes del pitazo inicial.

Y eso debería servir como una lección incómoda para toda la dirigencia argentina.

Las naciones que convierten cada partido en una guerra terminan olvidando cómo ganar las verdaderas batallas de la política internacional.

Porque, al final, Maradona podía vencer a Inglaterra en noventa minutos.

La geopolítica exige mucho más que eso.