Jueves 1 De Octubre De 2026
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Kast, las Falkland y el momento en que el patriotismo deja de ser un eslogan

Kast, las Falkland y el momento en que el patriotismo deja de ser un eslogan

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Hay una pregunta incómoda que un eventual gobierno de José Antonio Kast no podrá evitar responder.

Si Argentina intenta hostigar, obstaculizar o condicionar la ruta comercial entre Punta Arenas y las Falklands, ¿qué hará?

Porque aquí se acaba la campaña y empieza el gobierno.

Durante años, Kast y buena parte de su sector construyeron un relato basado en el patriotismo, la defensa de la soberanía, el respaldo a las Fuerzas Armadas y la recuperación de una política exterior supuestamente más firme.

Sin embargo, la geopolítica austral tiene la desagradable costumbre de poner a prueba las consignas.

Y las consignas rara vez sobreviven intactas al contacto con la realidad.

La ironía es evidente.

El mismo Gabriel Boric que fue acusado durante años por la derecha de ingenuidad internacional terminó protagonizando uno de los episodios más duros de la política exterior chilena reciente cuando exigió a Argentina retirar los paneles solares instalados en territorio chileno. El mensaje fue inequívoco: los sacaban ellos o los sacaba Chile. Finalmente fueron retirados.

Ese hecho quedó registrado.

Ya ocurrió.

Es un precedente político.

Por eso Kast enfrenta un problema que no tuvo Boric: Las expectativas.

Si Boric actuó con firmeza, Kast estaría obligado a actuar con aún más firmeza.

No porque lo establezca la ley, sino porque lo exige el relato político que él mismo ayudó a construir.

Y ahí aparece la contradicción.

Porque cuando algunos sectores hablan de soberanía, muchas veces no hablan realmente de soberanía. Hablan de soberanía mientras el costo es cero. Hablan de patriotismo mientras no existe una crisis diplomática. Hablan de firmeza mientras nadie desafía la posición chilena.

La prueba real llega cuando otro Estado cuestiona intereses concretos.

Y hoy ese interés concreto tiene nombre.

La ruta Punta Arenas-Falkland.

Si un gobierno de Kast terminara aceptando presiones argentinas sobre una conexión comercial que Chile considera legítima, la crítica no vendría únicamente desde la izquierda.

Vendría principalmente desde sus propios partidarios.

Porque sería percibido como una capitulación.

Porque habría una comparación inevitable.

Porque el argumento sería devastador:

"¿Cómo es posible que el gobierno que prometía defender la soberanía con más fuerza termine siendo más débil que Boric?"

Esa pregunta podría perseguirlo durante todo su mandato.

Más aún cuando la situación regional se ha vuelto progresivamente más sensible. Las tensiones diplomáticas recientes, las controversias sobre soberanía austral y el creciente protagonismo estratégico del extremo sur han elevando la temperatura política en ambos lados de la cordillera.

Y aquí aparece un segundo elemento.

El jurídico.

Desde la perspectiva chilena, el marco vigente entre ambos países está definido por los tratados internacionales que pusieron fin al conflicto austral y establecieron mecanismos para evitar precisamente este tipo de situaciones. El Tratado de Paz y Amistad de 1984 reafirma el compromiso de resolver controversias por medios pacíficos y preservar la armonía bilateral.

Por eso cualquier incidente que involucre navegación, comercio o presencia marítima en la zona austral no sería una simple discusión operativa.

Sería interpretado como una señal política.

Y las señales importan.

Especialmente cuando existen ejercicios militares, discursos nacionalistas y una creciente sensibilidad en torno a temas relacionados con el Atlántico Sur, la Antártica y las Falkland/Malvinas.

Lo verdaderamente preocupante es que ambos gobiernos podrían quedar atrapados por sus propias narrativas.

Argentina por la presión permanente de su discurso sobre Malvinas.

Kast por la presión permanente de su discurso sobre patriotismo.

Y cuando los líderes empiezan a gobernar para sus relatos en lugar de para sus intereses nacionales, la escalada deja de ser un accidente.

Se transforma en una posibilidad.

Porque la historia demuestra que las crisis internacionales más peligrosas rara vez nacen de grandes intereses estratégicos.

Nacen de dirigentes que ya no pueden retroceder sin parecer débiles.

Por eso el desafío de Kast sería extraordinariamente complejo.

Si cede, será acusado de incoherencia.

Si sobreactúa, podría deteriorar una de las relaciones bilaterales más importantes de Chile.

Y si intenta refugiarse en ambigüedades diplomáticas, descubrirá algo que los gobiernos aprenden tarde o temprano:

La geografía austral no negocia con los discursos.

Los tratados existen.

Los intereses nacionales existen.

Las rutas marítimas existen.

Y la credibilidad también existe.

La verdadera pregunta no es qué hará Argentina.

La verdadera pregunta es si Kast está dispuesto a sostener, desde La Moneda, todo aquello que prometió desde la oposición.

Porque si termina retrocediendo donde Boric avanzó, el golpe político no será una victoria argentina.

Será la demolición de su propia narrativa.

Y en política exterior, perder la credibilidad suele ser mucho más costoso que perder una discusión diplomática.

jpber
Juan Pablo Berlinguer