No es comprensible que las élites políticas chilenas persistan en imponer su mirada de país desde un espejo retrovisor; desde un espejismo autoreferente; desde una estrechez que, en definitiva, afecta negativamente al país y la ciudadanía, mayoritariamente.
Y es bien peligroso, democráticamente, ahora empezar a relativizar o darle múltiples interpretaciones a los motivos por los cuáles millones y millones de chilenas y chilenos votaron como lo hicieron en eventos constitucionales; municipales; parlamentarios y presidenciales.
Las elecciones parlamentarias y presidenciales recientes, y también las dos constituyentes, mostraron que, las candidaturas y sus fuerzas de apoyo, que pasaron a la segunda vuelta presidencial, se vieron en los hechos obligadas a reconocer el Chile real. Para atraer votos, y votantes.
E hicieron sus campañas desde ese diagnóstico:
Crimen organizado; narcotráfico; fragmentaciones y desigualdes socio-económicas fuertes; salarios bajos y falta de empleos estables; especialmente mujeres; campamentos y ausencia de viviendas dignas y al alcance de las mayorías; endeudamientos inmensos; salud; crecimiento económico…en fin, fueron los temas que ambas candidaturas y sus fuerzas de apoyo dieron centralidad en sus respectivas campañas.
Es un hecho, (no una opinión), que a la candidatura de todos los sectores progubernamentales, más fuerzas de izquierda y de centro que no fueron parte de la coalición de gobierno, le afectó severa y negativamente, en su intención de voto, que millones y millones de personas no querían ningún tipo de continuismo cercano al régimen saliente encabezado por Gabriel Boric.
No tiene sentido negar realidades.
Como es un hecho que, ya en los primeros seis meses del gobierno saliente, (derrota estratégica y contundente mediante, en el primer plebiscito constituyente), esa tendencia a la desafección ciudadana no se detuvo, y más bien se incrementó.
Todas las campañas electorales de la derecha trabajaron con alta eficacia estos asuntos. Altísima.
Y sólo en el segundo plebiscito, en donde la ciudadanía mayoritariamente votó EN CONTRA del proyecto republicano, quedó en evidencia absoluta que esta ciudadanía no tiene un componente partidista e ideológico pre definido.
Con un inmenso y muy activo respaldo de la mayoría de los medios hegemónicos, todas las fuerzas políticas de la derecha literamente se fondearon para ganar el primer plebiscito constituyente (lo inverso y lo contrario a lo que hizo el gobierno de Gabriel Boric y las fuerzas de apoyo, que hegemonizaron la campaña del APRUEBO).
En el segundo plebiscito, los partidos progubernamentales y el propio gobierno hicieron algo similar a lo que hizo la derecha en el primero. Y se hizo una campaña (de la cual fui parte de su comando estratégico) en donde se mostró lo nefasto que era el proyecto republicano y derechista respecto de combatir los flagelos del crimen organizado; el narcotráfico;los abusos, especialmente en contra de las mujeres.
El gobierno del Presidente Boric, y los partidos, estuvieron en segunda línea, de manera conciente. No se mostraron.
Tanto en el primer, como segundo plebiscito, las campañas ganadoras dieron centralidad a la bandera chilena. No a la de los partidos.
Y los “rostros” no eran dirigencia gubernamental; política o parlamentaria. Eran personas del mundo social; municipal y movimientos ciudadanos.
Son hechos, y son resultados.
Todos los estudios muestran que tanto el Parlamento, como los partidos, son de las instituciones con mayor desprestigio en la ciudadanía chilena, mayoritariamente. Y esto no implica, para nada, que esa misma ciudadanía finalmente inclina su voto cuando hay elecciones en donde partidos y Parlamento juegan papeles protagónicos.
Otro hecho fundamental del análisis:
La volatilidad del voto, en Chile, crece, no disminuye.
Como lo hemos señalado en varias columnas anteriores, este es un fenómeno que viene a lo menos de comienzos de la década del siglo pasado, profundamente analizado por el PNUD; por la CEPAL; así como una subjetividad profunda que expresa vivir con miedos y temores de diferente tipo.
También esto lo han estudiado recientemente varias universidades chilenas, y algo recogieron las candidaturas presidenciales y parlamentarias. Algo. Lamentablemente, como hechos eventuales de momentos electorales.
Esta volativilidad se incrementa con el voto obligatorio (son cerca de siete millones de personas), pero también existe en el universo de votantes que lo hacían por voto voluntario. Personas que perviven, que no deciden su intención electoral por definiciones partidarias, orgánicamente políticas. Que buscan hasta con ansiedad y angustia, que los problemas graves que los afectan, tengan solución efectiva.
Llevan décadas esperando.
Ya hay estudios que muestran que, esta ciudadanía, a partir del presente, está dispuesta a esperar seis meses para ver y observar, si hay camino a las soluciones. Medio año.
En definitiva, esto explica que la ciudadanía en Chile, cada vez de manera más mayoritaria, decida su intención de voto de manera muy distante de las opciones partidistas, propiamente, y lo haga sobre la base de las propuestas vinculadas a sus emergencias y angustias, y a quien y quiénes cree que podrán darle solución.
Como hipótesis de trabajo, respecto de futuros escenarios en los años que vienen:
Las alternativas se empiezan a agotar, las realmente existentes.
En Chile, ya ha habido varios gobiernos de la Concertación; de la derecha RN-UDI; de la Concertación más el Partido Comunista; del Frente Amplio-el Partido Comunista-Socialismo Democrático-Frente Regionalista-Liberales. En fin. Esto incluye también a la Democracia Cristiana.
De las recientes elecciones, en rigor, el candidato Parisi, el Partido de la Gente (PDG), y el sector que encabeza Pamela Jiles, no ha sido gobierno. Algo cercano a eso es la expresión que encabeza Kaiser y Libertarios.
Tampoco fuerzas de izquierda que, propiamente, no han levantado una alternativa nacional y candidatura presidencial propia.
Hay una tendencia regional:
En Argentina, la ciudadanía votó por Milei…y hay importantes sectores de ese país que están dispuestos a esperar más tiempo por resultados concretos; en El Salvador, quien enfrentó el drama más grave de ese país, por muchos años, Bukele, tiene una fuerte adhesión ciudadana; la coalición del Presidente Petro, en Colombia, acaba de obtener un amplísimo triunfo que le reconoce las medidas socio-económicas que ha adoptado; en México la muy grande adhesión a la Presidenta Claudia Sheinbaum y su gobierno, radica en las medidas que ha logrado establecer en beneficio de las amplias mayorías.
En ningún país, en nuestra región, las alternativas recientes se abren camino “defendiendo lo conquistado”; apelando a continuismos; o a representaciones ideológicas delegadas. Y tampoco sólo respecto del carisma de candidatas y candidatos, de las y los gobernantes.
En este sentido, las concretas “democracias representativas”, con fuerte hegemonía de élites muy autoreferenciales, se agota, también.
En este escenario, el mundo vive la tragedia que vive. En primer lugar, la tragedia humanitaria en Gaza; en Irán; en Africa. Y nuestra región, y Chile, no son una excepción. Las masacres continúan. Los castigos y bloqueos arbitarios y unilaterales a naciones, como el de Cuba y Venezuela, persisten.
El gobierno norteamericano tiene un diseño establecido: Sacar a China de la región, en todos los planos. Económico; político; comercial; geopolítico. En todos.
Eso es un giro que pasa por arriba de muchas décadas y décadas de relaciones bilateralales y multilaterales de nuestro continente, especialmente Chile, con China. Afecta el Asia-Pacífico, entero.
Sólo como una referencia: Década de los 60, del siglo pasado, el Presidente Eduardo Frei Montalva, de Chile, y el Presidente de Argentina Arturo Ilia, deciden empujar en conjunto una apertura de relaciones hacia China, nación que no es la de hoy, y que recién empezaba su proceso revolucionario para salir del agudo subdesarrollo y pobreza en que se encontraba. Frei Montalva nombra a su canciller, Gabriel Valdés, para que lleve adelante esa misión. La izquierda chilena empujaba en esa misma dirección, y ese proceso no se detuvo nunca, ni siquiera bajo la dictadura de Pinochet.
La relación de Chile con China, ha sido altamente beneficiosa para nuestro país.
Al igual que para toda la región.
Nunca ha existido ningún tipo de intervención o presión, y menos agresión militar.
Es un riesgo grande que esta embestida norteamericana se transforme en tensiones entre naciones del continente y en nuestra región, Cono Sur. Lamentablemente, esto es parte de la historia. En nuestra zona ha habido guerras; agresiones durísimas; Ecuador-Perú; la que protagonizaron dos dictaduras fascistas, las de Argentina y Chile, ambas de derecha, que provocó un escenario que sólo la mediación del Vaticano frenó e impidió que hubiera un enfrentamiento militar entre ambas naciones vecinas, con trágicas consecuencias, en la década de los ochenta.
Por eso, es una urgencia de interés nacional, de la Patria chilena. De todos los países de la región, impedir el militarismo; cerrar la puerta a una carrera armamentista; evitar el incremento de presencia militar de potencias extranjeras, que está en curso en Paraguay, Argentina, Ecuador, Perú, Centroamérica. Y hacer prevalecer a nuestro continente como ZONA DE PAZ.
En medio de esta trágica convulsión que vive el mundo, la lucha por la PAZ, la Soberanía Nacional y la Autodeterminación es un asunto de pervivencia.









