Antes de la HMS Clio estuvo la USS Lexington: Estados Unidos destruyó el asentamiento de Puerto Soledad, capturó a sus autoridades y retiró prácticamente a toda su población.
La historia de 1833 comienza, en realidad, con la intervención norteamericana de 1831.
Argentina ha construido buena parte de su relato sobre las Falklands/Malvinas alrededor de una fecha cuidadosamente seleccionada: el 3 de enero de 1833. Ese día, afirma su narrativa oficial, Gran Bretaña habría expulsado a una población argentina establecida pacíficamente en las islas y consumado una usurpación colonial que continúa hasta hoy.
El problema es que esa versión comienza la película después de la escena decisiva.
Porque antes de la HMS Clio británica estuvo la USS Lexington estadounidense. Antes del comandante británico John James Onslow estuvo el comandante norteamericano Silas Duncan.
Y antes del retorno británico de 1833 hubo una operación naval estadounidense que desarticuló la autoridad instalada por Buenos Aires, inutilizó las defensas del asentamiento, arrestó a sus dirigentes y retiró de las islas a casi toda su población.
El verdadero invasor militar de Puerto Soledad no llegó en 1833 bajo pabellón británico. Llegó en diciembre de 1831 bajo la bandera de las barras y las estrellas.
La carta que destruye el relato
No se trata de una interpretación británica ni de una reconstrucción interesada escrita décadas después. Lo cuenta el propio Silas Duncan en su informe oficial al secretario de Marina estadounidense Levi Woodbury, fechado el 3 de febrero de 1832.
Duncan escribió que había decidido: “break up and disperse this band of pirates”.
Es decir, “desmantelar y dispersar esta banda de piratas”, expresión con la que calificaba a quienes actuaban bajo la dirección de Luis Vernet y Matthew Brisbane. Inmediatamente después informó:
“I have besides brought off the whole of the population consisting of about forty persons, with the exception of some Gauchos or Horsemen who were encamped in the interior”.
En castellano: “Además, he retirado a toda la población, compuesta por unas cuarenta personas, con excepción de algunos gauchos o jinetes que se encontraban acampados en el interior”.
La frase es demoledora
No dice que Duncan se limitó a presentar una protesta diplomática. No dice que inspeccionó el asentamiento y se retiró. No dice que únicamente recuperó barcos estadounidenses. El comandante de la USS Lexington comunicó oficialmente que había desmantelado la organización existente y retirado prácticamente a toda la población.
Duncan agregó que los pobladores habían embarcado por “consentimiento general”, que afirmaban haber sido engañados por Vernet y que se mostraban contentos de abandonar las islas. Señaló también que muchos procedían de Buenos Aires y Montevideo y que eran principalmente alemanes. Una parte fue desembarcada en Montevideo y el resto sería enviado a Buenos Aires.
Eso obliga a introducir una precisión fundamental: la carta no prueba que Duncan expulsara por la fuerza a cada uno de los colonos. Pero sí prueba algo políticamente devastador para la narrativa argentina: la población vinculada al proyecto de Vernet no constituía una comunidad nacional argentina homogénea, arraigada y expulsada en bloque por los británicos en 1833.
Según el propio informe estadounidense, se trataba de unas cuarenta personas, muchas de ellas alemanas, de las cuales prácticamente todas abandonaron las islas a bordo de un buque de guerra de Estados Unidos más de un año antes del regreso británico.
La colonia que Argentina presenta como víctima intacta de la acción británica ya había sido vaciada como proyecto político por Washington.
La primera potencia que quebró la autoridad de Buenos Aires
El conflicto comenzó después de que las autoridades dependientes de Luis Vernet capturaran embarcaciones estadounidenses dedicadas a la caza de focas. Estados Unidos no reconocía la autoridad de Buenos Aires para restringir esa actividad en torno a las islas.
Duncan llegó a Berkeley Sound, arrestó a siete personas acusadas de piratería, inutilizó los cañones del asentamiento y destruyó su depósito de pólvora.
La USS Lexington había sido destinada al Atlántico Sur para proteger el comercio, a los ciudadanos y, de manera particular, las pesquerías estadounidenses.
Dicho sin eufemismos: Estados Unidos desconoció la jurisdicción reclamada por Buenos Aires y utilizó la fuerza naval para impedir que esa jurisdicción perjudicara sus intereses.
La potencia que primero quebró materialmente la autoridad vinculada a Buenos Aires en las islas no fue Gran Bretaña. Fue Estados Unidos.
La potencia que apresó a sus funcionarios no fue Gran Bretaña. Fue Estados Unidos. La potencia que desarmó el asentamiento no fue Gran Bretaña. Fue Estados Unidos.
Y la potencia cuyo comandante informó haber retirado prácticamente a toda la población no fue Gran Bretaña. Fue Estados Unidos.
La cronología es obstinada, aunque incomode.
La Doctrina Monroe no salvó a Buenos Aires
La operación ocurrió cuando la Doctrina Monroe, proclamada en 1823, ya formaba parte de la política exterior estadounidense. Pero conviene no deformarla retrospectivamente: aquella doctrina no constituía una garantía automática de integridad territorial para las nuevas repúblicas hispanoamericanas ni una obligación estadounidense de defender toda reivindicación formulada por Buenos Aires.
Washington no consideró que su propia intervención contradijera la defensa hemisférica. Al contrario, actuó para proteger la navegación y los intereses comerciales estadounidenses frente a una autoridad que no reconocía. La documentación recoge que Estados Unidos rechazaba la pretensión de Buenos Aires de reglamentar la actividad de sus cazadores de focas en aquellas aguas.
Por tanto, presentar el regreso británico de 1833 como una flagrante violación de una supuesta protección hemisférica estadounidense exige ignorar un dato elemental: Estados Unidos acababa de atacar el mismo asentamiento que, según esa tesis, estaba obligado a proteger.
No existe base suficiente para afirmar que Washington y Londres organizaron una conspiración conjunta. La investigación histórica ha discutido si la intervención estadounidense precipitó o facilitó la acción británica, pero eso no equivale a demostrar una coordinación secreta entre ambas potencias.
Lo que sí puede afirmarse es que el regreso británico se produjo después de que la USS Lexington hubiera reducido drásticamente la capacidad política y material del establecimiento de Vernet. Gran Bretaña no encontró en enero de 1833 la colonia próspera, consolidada y demográficamente argentina que luego fabricaría el relato nacionalista. Encontró un escenario desarticulado por una intervención estadounidense.
Desde la perspectiva estratégica de la época, Londres no desplazó una estructura estable. Ocupó un vacío de poder que Washington había contribuido decisivamente a crear.
1833 no fue el comienzo
La maniobra retórica argentina consiste en borrar 1831 para convertir 1833 en una escena sin antecedentes. Así puede presentar a Gran Bretaña como el único actor imperial y a Buenos Aires como una víctima pasiva de una agresión inesperada.
Pero la carta de Duncan rompe esa comodidad histórica.
La intervención estadounidense demuestra que la pretensión de Buenos Aires no gozaba de reconocimiento indiscutido. Demuestra que una potencia americana estaba dispuesta a combatirla. Demuestra que la autoridad de Vernet fue considerada ilegítima por Washington. Y demuestra que el asentamiento fue desmantelado antes de que la HMS Clio apareciera en el horizonte.
La historia argentina necesita que la población haya sido “expulsada” por Gran Bretaña en 1833. Sin embargo, el comandante estadounidense ya había escrito en 1832 que él había retirado “a toda la población”, salvo algunos gauchos del interior.
No es propaganda británica. Es el informe del oficial norteamericano que encabezó la operación.
Estabilidad británica, pero descolonización pendiente
Nada de esto convierte automáticamente en eterno el dominio británico. Explicar por qué el retorno de 1833 no puede analizarse separadamente de la intervención estadounidense de 1831 no significa sostener que las islas deban permanecer indefinidamente bajo administración de Londres.
En 1946, el Reino Unido incluyó a las Falkland Islands entre los territorios no autónomos comunicados a las Naciones Unidas. Esa clasificación sitúa el problema dentro del marco internacional de la descolonización. Pero descolonizar no es sinónimo de entregar el territorio a Argentina. La anexión por un Estado vecino no constituye la única salida imaginable para un territorio no autónomo.
Gran Bretaña aportó continuidad institucional, seguridad marítima y estabilidad a un archipiélago cuya autoridad política había sido quebrada.
Sin embargo, la estabilidad no debe transformarse en dependencia perpetua. Si el proceso de descolonización debe completarse, su sujeto político no puede ser una Argentina que no controlaba efectivamente las islas cuando Duncan desmanteló el asentamiento, sino la comunidad que ha vivido, trabajado y construido allí una sociedad durante generaciones.
La salida coherente no es sustituir una administración británica por una soberanía argentina impuesta contra la voluntad de los isleños. La solución coherente es avanzar, cuando ellos así lo decidan, hacia una Falklands independiente, vinculada al Reino Unido mediante acuerdos de defensa, cooperación y asociación, pero dueña de su destino internacional.
La conclusión que Buenos Aires no quiere escuchar
Argentina exige que el mundo recuerde 1833, pero necesita desesperadamente que olvide 1831.
Necesita olvidar que Estados Unidos calificó de piratas a los representantes del proyecto de Vernet.
Necesita olvidar que la USS Lexington neutralizó las defensas de Puerto Soledad.
Necesita olvidar que Silas Duncan arrestó a sus autoridades.
Y, sobre todo, necesita olvidar la frase que su comandante dejó por escrito: “he retirado a toda la población”.
Gran Bretaña volvió a unas islas que ya habían sido intervenidas, desarmadas y prácticamente despobladas por Estados Unidos. El episodio británico de 1833 puede y debe discutirse, pero no puede seguir presentándose como si la historia hubiese comenzado aquella mañana.
El verdadero golpe contra el establecimiento vinculado a Buenos Aires no llevó la Union Jack. Llevó la bandera estadounidense.
Y si en el siglo XXI queda una tarea pendiente, no es transferir a los habitantes como si fueran parte del territorio ni restaurar retrospectivamente una administración extinguida hace casi dos siglos. Es culminar la descolonización reconociéndolos como lo que son: un pueblo con derecho a decidir si quiere transformar su autogobierno en independencia.
La Argentina reclama una reparación histórica. Pero la historia completa le devuelve una pregunta bastante más incómoda:
si realmente fue expulsada de las islas, ¿por qué el hombre que afirmó haber retirado prácticamente a toda su población se llamaba Silas Duncan, comandaba un buque estadounidense y actuó más de un año antes de la llegada británica?


