Sábado 22 De Agosto De 2026
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Portales ya intuía como EEUU es... Hoy se confirma

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Hay episodios que pasan inadvertidos para la mayoría de la opinión pública, pero que, para quienes observan la política internacional como lo que realmente es, constituyen señales de enorme relevancia estratégica.

 La decisión del embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, de publicar el documento firmado por el ministro de Defensa Fernando Barros relativo a la declaración de la Americas Counter Cartel Coalition (A3C) no es uno de esos gestos inocentes que suelen adornar las redes sociales diplomáticas. Fue un mensaje político. Y uno bastante explícito.

Más allá de la discusión jurídica respecto de si el texto era una simple declaración de intenciones o un compromiso político vinculante, lo verdaderamente relevante es otra cosa: el embajador decidió exhibir públicamente la firma del ministro chileno justo cuando La Moneda intentaba marcar distancia de ciertas iniciativas impulsadas por Washington en materia de seguridad hemisférica.

En diplomacia, los tiempos nunca son casuales.

La publicación fue una demostración de poder. Una forma elegante, aunque poco sutil, de recordar que las grandes potencias guardan registros, conservan compromisos y saben cuándo utilizarlos. El problema no es Washington. Las potencias hacen exactamente lo que las potencias han hecho siempre: defender sus intereses.

El problema es Santiago.

Porque mientras Estados Unidos opera con una visión geopolítica coherente para el hemisferio, Chile parece navegar entre impulsos tácticos, declaraciones para la galería y una persistente incapacidad para comprender el tablero completo.

Es aquí donde aparece Diego Portales.

Portales entendía algo fundamental: los países pequeños no sobreviven por simpatía, sobreviven por inteligencia estratégica. No se alinean ciegamente con una potencia ni la desafían por reflejo ideológico. Administran cuidadosamente sus relaciones de poder, maximizan beneficios y reducen vulnerabilidades.

Chile construyó su estabilidad internacional durante casi dos siglos sobre esa premisa.

Sin embargo, observando los acontecimientos de las últimas semanas, cuesta encontrar rastros de esa tradición.

Mientras Chile discute si el documento era una declaración, una carta de intención o una mera formalidad administrativa, Argentina acaba de firmar la incorporación de hasta 235 vehículos blindados Stryker estadounidenses, consolidando una de las mayores operaciones de reequipamiento militar de la región.

Y aquí surge la pregunta incómoda.

¿Estamos viendo dos hechos aislados o dos caras de una misma estrategia norteamericana?

La respuesta parece evidente.

Washington está construyendo una arquitectura hemisférica de seguridad basada en interoperabilidad militar, cooperación contra el crimen organizado y alineamiento político. Chile aparece como un socio cuya posición todavía no está completamente definida. Argentina, en cambio, ya decidió dónde quiere estar. La adquisición de 235 Stryker no es simplemente una compra de blindados. Es una señal geopolítica.

Los vehículos eventualmente se desgastarán. Lo que permanecerá será la relación estratégica que los acompaña.

En ese contexto, la publicación de la firma de Barros puede interpretarse como un recordatorio de que, para Washington, ciertos compromisos ya fueron asumidos.

Y eso nos conduce a una crítica más profunda al gobierno de José Antonio Kast.

Paradójicamente, un sector político que suele reivindicar el realismo internacional parece estar demostrando una comprensión sorprendentemente limitada de cómo funciona realmente el poder global.

Creer que basta con tener una buena relación ideológica con la Casa Blanca para manejar exitosamente una relación bilateral es una ingenuidad peligrosa. Las afinidades personales cambian. Los intereses nacionales permanecen.

Portales jamás habría confundido amistad con subordinación.

Tampoco habría confundido soberanía con gestos retóricos.

Cuando el ministro Barros afirmó que Chile no es el patio trasero de ningún país, el diagnóstico era correcto.

Pero la soberanía no se ejerce mediante frases contundentes. Se ejerce comprendiendo los intereses de todos los actores involucrados antes de firmar documentos, antes de comprometer posiciones políticas y antes de quedar expuesto públicamente por un embajador extranjero.

La verdadera lección de esta semana no tiene relación con narcoterrorismo, con carteles o con blindados. Tiene relación con la incapacidad creciente de nuestras élites para pensar estratégicamente.

Chile parece haber olvidado que vive en un mundo de potencias, no de buenas intenciones.

Washington lo sabe. Buenos Aires lo entendió. Pekín actúa en consecuencia.

Santiago, en cambio, continúa reaccionando a los acontecimientos como si todavía creyera que la política internacional es una conferencia académica y no una competencia permanente por influencia, acceso y poder.

Portales observó este problema hace casi doscientos años.

La diferencia es que él entendió que la geografía no cambia, pero los gobiernos sí.

Y probablemente, si observara el espectáculo actual, llegaría a una conclusión incómoda: el problema de Chile no es Estados Unidos, ni Argentina, ni los Stryker.

El problema es que hemos dejado de pensar como Estado.

jpber
Juan Pablo Berlinguer