Martes 28 De Julio De 2026
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Análisis: El canciller de la dependencia

Análisis: El canciller de la dependencia

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Chile tiene una larga tradición de confundir la administración con la estrategia. De celebrar al gerente que optimiza balances, aunque en el proceso diluya capacidades nacionales. De aplaudir la eficiencia financiera, incluso cuando el resultado final sea la pérdida de instrumentos de poder económico propios. El caso del actual canciller, Francisco Pérez Mackenna, representa precisamente ese fenómeno.

Durante casi tres décadas fue el hombre fuerte de Quiñenco, el principal holding del grupo Luksic. Desde esa posición participó en decisiones que marcaron el destino de empresas históricas chilenas. Entre ellas, una de las más emblemáticas: la Compañía Sud Americana de Vapores (CSAV), fundada en 1872 y ligada a momentos fundamentales de la historia nacional.

No se trata de cualquier empresa. CSAV fue parte del desarrollo marítimo chileno durante más de un siglo. Fue una compañía que acompañó la construcción económica del país y que, durante la Guerra del Pacífico, puso capacidades logísticas al servicio del Estado chileno. Era más que una firma privada: constituía un activo estratégico de una nación marítima.

Sin embargo, la historia terminó de otra manera.

Los defensores del proceso sostienen que la integración con la alemana Hapag-Lloyd salvó a CSAV de un escenario complejo y permitió generar valor para los accionistas. Desde una perspectiva puramente financiera, el argumento tiene fundamentos. Hoy CSAV es uno de los principales accionistas de la naviera alemana y la operación es presentada como un éxito corporativo.

Pero la pregunta estratégica es otra.

¿Qué quedó de la naviera chilena?

La antigua CSAV dejó de ser un actor global con capacidad de decisión autónoma para transformarse, en los hechos, en un vehículo de inversión cuyo principal activo es una participación accionaria en una empresa extranjera. El centro de gravedad dejó Valparaíso y Santiago para trasladarse a Hamburgo.

Paradójicamente, Pérez Mackenna terminó integrando el consejo supervisor de Hapag-Lloyd. Un asiento importante, sin duda. Pero no equivalente al control efectivo de una compañía propia. No es lo mismo conducir una nave que ocupar una silla en la sala donde otros deciden el rumbo.

Esa diferencia es precisamente la que Chile parece olvidar una y otra vez.

El problema no es económico. Es geopolítico.

Las potencias entienden que los activos estratégicos importan. Estados Unidos protege su industria marítima. Francia protege la suya. China la subsidia agresivamente. Alemania defiende Hapag-Lloyd como un actor de interés nacional. En cambio, Chile suele considerar que vender, fusionar o transferir control constituye automáticamente una muestra de modernidad.

El resultado es una constante pérdida de capacidad de decisión.

Lo preocupante es que esa misma lógica parece proyectarse ahora hacia la política exterior.

Y existe un episodio reciente que ilustra con claridad esa tendencia. La presencia del HMS Medway en el Atlántico Sur y su vinculación con las estructuras de apoyo británicas en torno a las Islas Falkland/Malvinas generó un debate político y estratégico que tocaba directamente sensibilidades históricas e intereses permanentes de Chile.

Sin embargo, la Cancillería guardó silencio.

No hubo una explicación pública consistente, una reflexión estratégica ni una señal política capaz de despejar dudas sobre la posición del país. El canciller, tan visible para defender las virtudes de la integración económica global, resultó prácticamente invisible cuando se trató de abordar una controversia vinculada a la soberanía, la proyección austral y el interés nacional.

Más aún, el caso HMS Medway terminó transformándose en una incómoda metáfora. Mientras Londres defendía con claridad sus intereses estratégicos en el Atlántico Sur, Santiago parecía incapaz incluso de articular una narrativa propia. La ausencia de liderazgo político dejó la impresión de una Cancillería reactiva, subordinada y más preocupada de evitar incomodidades que de defender posiciones nacionales.

Para un país que aspira a proyectarse hacia la Antártica, el Pacífico Sur y los espacios australes, aquello no constituye una simple omisión comunicacional: es una señal de debilidad estratégica.

La trayectoria del actual canciller refleja una visión donde el éxito consiste en integrarse eficientemente a estructuras mayores, aunque el centro de decisión quede fuera del país. Es la lógica del socio minoritario satisfecho. Del director sin control. Del administrador que privilegia la estabilidad del sistema por sobre la construcción de autonomía.

Chile necesita exactamente lo contrario.

En un mundo marcado por la competencia entre potencias, por la disputa tecnológica, por la lucha por recursos críticos y por el control de las cadenas logísticas, la pregunta central no es quién participa en la mesa. La pregunta es quién fija la agenda.

Un país que aspira a liderar en el Pacífico Sur, en la Antártica o en los corredores digitales australes no puede conformarse con acompañar las decisiones ajenas. Debe construir instrumentos propios. Debe aumentar su capacidad de decisión.

La historia de CSAV simboliza justamente la renuncia a esa ambición.

Y el silencio frente al HMS Medway parece confirmar que esa lógica hoy también alcanza a la política exterior. Cuando un país deja de controlar sus instrumentos económicos y, al mismo tiempo, evita ejercer una voz clara en asuntos estratégicos sensibles, la dependencia deja de ser una circunstancia y pasa a convertirse en una doctrina.

Los partidarios de Pérez Mackenna argumentarán que generó valor, que fortaleció inversiones y que consolidó una alianza global exitosa. Todo eso puede ser cierto. Pero también es cierto que Chile dejó de tener una gran naviera propia y pasó a depender de decisiones tomadas a miles de kilómetros de sus costas.

Y esa es una diferencia que ningún balance financiero logra ocultar.

Quizás por eso la verdadera interrogante sobre el actual canciller no sea su capacidad técnica ni su experiencia empresarial. La pregunta es si su visión estratégica está orientada a construir autonomía nacional o simplemente a gestionar, de la mejor manera posible, la dependencia.

Porque la historia enseña que los países que renuncian a decidir terminan siendo administrados por quienes sí tienen la voluntad de hacerlo. Y en geopolítica, como en los negocios marítimos, el lugar más cómodo rara vez coincide con el puente de mando. En el caso del HMS Medway, ni siquiera se intentó ocuparlo. Y esa ausencia quizás revele más sobre la actual Cancillería que cualquier discurso, entrevista o presentación corporativa.

 

  ***“Las opiniones emitidas por los columnistas e invitados, son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento o la línea editorial de Infogate”.