Jueves 7 De Mayo De 2026
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Defensa

Escotillón IV: cuando el poder marítimo se construye -y se decide- en casa

Escotillón IV: cuando el poder marítimo se construye -y se decide- en casa

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En el Mes del Mar conviene mirar más allá del acero y los cascos: el Proyecto Escotillón IV habla de estrategia, industria y soberanía práctica. Y de la rara disciplina—chilena—de pensar a 20 años en un país que suele vivir a 20 días.

Mayo vuelve, como siempre, con su liturgia cívica del “Mes del Mar” y con el recuerdo del sacrificio de Arturo Prat en Iquique.

No es un rito vacío: es una forma de recordarnos que el mar nunca fue un paisaje, sino una condición de existencia.

Chile no se entiende sin costas, sin rutas, sin puertos, sin aislamiento y sin esa geografía que obliga a mirar hacia afuera—y a defender lo propio.

Ser un país marítimo no se agota en comprar buques: exige una estrategia de proyección y presencia, y una Armada capaz de operar medios complejos mientras resguarda intereses permanentes del Estado. Eso incluye, por supuesto, la defensa, pero también la logística en zonas aisladas, la respuesta ante catástrofes, el apoyo a la investigación y la continuidad antártica. En otras palabras: poder marítimo no es solo combate; es utilidad nacional.

En las últimas décadas la modernización naval chilena elevó estándares y eficiencia. Pero medirnos solo con el vecindario es una tentación cómoda: Chile comercia, compite y se proyecta en el arco del Asia-Pacífico, donde la escala estratégica y tecnológica es otra. Allí, lo decisivo no es “tener más que el otro”, sino sostener capacidades creíbles, interoperables y financiables en el tiempo.

Y aquí aparece el punto que suele quedar fuera del debate: la industria. Sin astilleros, sin ingeniería, sin cadena de proveedores y sin aprendizaje acumulado, la estrategia se vuelve un catálogo de compras.

En ese sentido, lo hecho por ASMAR en Talcahuano es más que un logro corporativo: es política pública materializada.

La construcción del rompehielos AGB-46 Almirante Viel —con transferencia de conocimiento desde la canadiense Vard Marine— marcó un antes y un después para la construcción naval chilena.

Ese hito importa porque habilita algo más profundo: proyectar a Chile hacia la Antártica con medios propios y sostener presencia donde el clima no perdona improvisaciones. En un mundo donde incluso potencias con presupuestos enormes enfrentan cuellos de botella industriales para renovar capacidades—incluidos sus rompehielos—la lección es simple: la soberanía también se fabrica, se mantiene y se repara.

Escotillón IV y la PNCCN

Con ese trasfondo, el Proyecto Escotillón IV debería leerse como una decisión estratégica, no como una ficha técnica.

La primera fase contempla la construcción de buques multipropósito en ASMAR Talcahuano, en el marco del Plan Nacional Continuo de Construcción Naval (PNCCN), con unidades orientadas a apoyo logístico, operaciones anfibias y ayuda humanitaria. Sus cifras—en torno a 110 metros de eslora y cerca de 8.000 toneladas de desplazamiento—no son anecdóticas: reflejan una plataforma pensada para transportar carga, personal y operar helicópteros con continuidad operativa.

 

La señal más interesante, sin embargo, está fuera del muelle: la incorporación de astilleros privados a una política de Estado.

 La alianza entre ASMAR y ASENAV, por ejemplo, ya se tradujo en la entrega de las barcazas de desembarco LCM Manutara y Selk’nam, construidas en Valdivia, que operarán desde los buques Magallanes y Rapa Nui. Ese encadenamiento—empresa estatal, privados, región, proveedores—es el corazón de cualquier estrategia industrial seria.

Que los nombres escogidos—Magallanes, Rapa Nui, Selk’nam, Manutara—apunten a una geografía y a culturas que sostienen la idea de un Chile largo, diverso y oceánico no es un detalle de marketing: es un recordatorio de propósito, Chile Tricontinental: Antártico, Americano y Polinésico.

Si el país quiere proyectarse de norte a sur y hacia el Pacífico, necesita algo más que discursos conmemorativos: requiere continuidad presupuestaria, consenso político y una conversación pública madura sobre qué capacidades necesitamos y por qué.

El Escotillón IV, en ese sentido, no trata solo de buques. Trata de si Chile está dispuesto a tomarse en serio su condición marítima.