Con una matriz eléctrica donde cerca de dos tercios de la generación ya es renovable, Chile entra en 2026 con una ventaja estructural para producir hidrógeno verde competitivo. El Ministerio de Energía proyecta inversiones por US$45.000 millones al 2030 y hasta US$330.000 millones hacia 2050. Pero el cambio estratégico no está solo en exportar, está en integrar el hidrógeno en la industria antes de que la regulación internacional lo vuelva obligatorio.
Chile dejó de discutir potencial y comenzó a hablar de escala. Más de 70 proyectos de hidrógeno verde se encuentran identificados en distintas etapas de desarrollo, en una industria que busca posicionar al país entre los líderes globales hacia 2040. El diferencial competitivo es claro: energía renovable abundante y costos proyectados entre los más bajos del mundo hacia 2030.
Desde enero de 2026 entró en régimen definitivo el CBAM europeo, mecanismo que exigirá pagar por emisiones incorporadas en bienes importados como acero, cemento y fertilizantes. Para exportadores chilenos, la intensidad de carbono deja de ser un indicador reputacional y pasa a ser una variable financiera con impacto directo en márgenes y contratos.
En ese contexto, la integración progresiva de hidrógeno verde en procesos térmicos industriales, mediante mezclas con gas natural o GLP, aparece como una transición viable. No implica reemplazar infraestructura completa, sino adaptar calderas y hornos críticos, reduciendo exposición regulatoria sin frenar producción.
“La energía dejó de ser solo un costo operativo; hoy incide en acceso a mercado y valorización empresarial”, afirma Cristóbal Monzó, ingeniero de desarrollo de Quempín. “Quienes integren hidrógeno verde primero no solo reducirán emisiones, sino riesgo comercial y financiero frente a inversionistas globales”. concluyó.
El transporte es otro frente estratégico. Según el Balance Nacional de Energía, el sector representa más del 30% del consumo final en Chile. La incorporación de celdas de combustible en maquinaria pesada y flotas de carga abre oportunidades en minería y puertos, industrias altamente expuestas a estándares internacionales de sostenibilidad.
La competencia global ya está en marcha. Arabia Saudita avanza con un proyecto de US$8.400 millones en NEOM y Australia impulsa incentivos fiscales directos por kilo producido. Chile, por su parte, registró en 2025 más de US$25.000 millones en proyectos de inversión extranjera vinculados a hidrógeno verde.
El punto no es tecnológico, sino estratégico. En una economía exportadora, anticipar exigencias regulatorias puede significar asegurar contratos, mejorar condiciones de financiamiento y capturar ventaja de primer movimiento. El hidrógeno verde comienza a jugar como activo industrial.
La pregunta para el empresariado chileno no es ambiental. Es de timing: quién convierte primero el hidrógeno verde en ventaja competitiva antes de que el mercado lo exija como estándar mínimo.









