- El reencuentro con los amigos y la novedad del inicio del año escolar suelen generar entusiasmo en los menores de edad. Sin embargo, la vuelta a las aulas también puede provocar estrés y tensión, especialmente ante la separación de los padres y el fin de la dinámica familiar tras el periodo de vacaciones.
Próximos al inicio del año escolar, el regreso a la rutina puede convertirse en una fuente de irritabilidad y malestar emocional en niños y adolescentes. El fin de las vacaciones, los cambios de horarios y el aumento de las exigencias académicas explican parte de este impacto.
Según explicó Aline Orellana, directora del Centro de Atención Psicológica (CAPSI) de la Universidad UNIACC, “la evidencia científica ha mostrado que el retorno a clases puede generar irritabilidad, ansiedad escolar y resistencia porque implica volver a un contexto más exigente, menos controlable y que presenta mayores demandas psicosociales y académicas que no están presentes en vacaciones”.
Entre los factores que inciden en este proceso, la especialista explicó que el retorno a clases implica “cambios en las rutinas de sueño-vigilia” y “mayor tiempo de separación de los padres o cuidadores principales”, lo que afecta principalmente a los niños pequeños, además de dejar atrás “la comodidad y seguridad de estar en casa”. A ello se suma que “vuelve el desafío de ajustarse a reglas, evaluaciones y presiones sociales, que pueden aumentar preocupaciones, nerviosismo y resistencia, sobre todo en niños mayores y adolescentes”, advirtió.
Estas reacciones pueden intensificarse cuando existen experiencias previas negativas asociadas al contexto escolar. “Esto se agudiza si existen experiencias previas que generen un aumento de ansiedad y conductas evitativas del contexto académico, tales como bullying, dificultades de aprendizaje o autoexigencia académica alta, entre otros factores”, señaló.
Para facilitar una transición más saludable, la psicóloga infanto-juvenil de la UNIACC recomendó anticipar el regreso con tiempo y acompañamiento emocional. “Comenzar a conversar de forma comprensiva y compasiva sobre el retorno a clases con al menos 7 a 10 días de antelación, validando emociones, preocupaciones y resistencias, permite generar en conjunto estrategias que ayuden al niño o adolescente a afrontar de mejor forma el regreso”, indicó.
En casos de mayor ansiedad, sugirió medidas concretas como “recorrer nuevamente el trayecto al colegio, visitarlo si es posible, coordinar con los docentes posibles horarios menos extensos durante los primeros días de clases o reencontrarse con algunos amigos o compañeros de curso de forma previa al ingreso”.
Asimismo, enfatizó la importancia de reinstalar rutinas claras y predecibles. “Es importante volver a instalar cambios en los horarios de sueño, alimentación y tiempo de exposición a pantallas, además de organizar materiales, uniformes y otros insumos que dispongan al niño o adolescente a una reincorporación más adaptativa al espacio académico”, señaló.
Respecto del tipo de reintegro, Orellana es clara: “Es recomendable un regreso progresivo, ya que permite reducir la carga fisiológica del estrés, lo que se puede asociar con menor irritabilidad y mejor gestión emocional”.
En cuanto a las señales de resistencia, explicó que en niños pequeños “es esperable que exista llanto los primeros días de separación de los padres o cuidadores, además de verbalizar que no quieren ir, pero que luego logren participar en clases e integrarse a juegos con sus compañeros”. En niños mayores y adolescentes, agrega, “pueden mostrar quejas como dolores de estómago o cabeza o verbalizar preocupaciones, pero aun así logran asistir y permanecer en clases con relativa tranquilidad”.
No obstante, advirtió que existen síntomas que no deben normalizarse. “No es esperable una agudización de dolores físicos persistentes, peleas intensas, angustia en horas previas al inicio de clases, retraimiento social, cambios marcados de ánimo, ausentismos o intentos reiterados de faltar”, señaló, recomendando en estos casos conversar con el establecimiento y buscar apoyo psicológico.
“Dormir menos o de forma irregular puede aumentar la ansiedad e irritabilidad, afectar la tolerancia a la frustración y dificultar la gestión adecuada de las emociones”, agregó la psicóloga.
Finalmente, la especialista afirmó que, cuando existe apoyo familiar y escolar, “la intensidad de la ansiedad va disminuyendo progresivamente, y el proceso de adaptación puede durar entre una y tres semanas”. Si los síntomas persisten o se intensifican, advirtió que “cuando la ansiedad y la resistencia se mantienen por más de dos a cuatro semanas, o aparecen autoagresiones, crisis de angustia o deterioro significativo del estado de ánimo, es preferible solicitar apoyo profesional de forma inmediata y temprana”.









