Por: Humberto Oviedo Arriagada, excomandante en Jefe del Ejército y Eduardo Villalón Rojas, vicepresidente ejecutivo Corporación del Patrimonio Histórico Militar.
Cada 5 de abril, Chile conmemora un hito fundamental en su historia y que lamentablemente poco se recuerda: la Batalla de Maipú, gesta heroica relevante del inicio de nuestra historia patria, puesto que el triunfo de las fuerzas patriotas permitió la consolidación de la independencia de Chile y que se transformó en un símbolo de “unidad”.
Sin embargo, más allá del tronar de los cañones y el valor de los soldados, el verdadero legado de ese día se encuentra en un gesto profundamente humano: el abrazo entre un O’Higgins herido y un San Martín victorioso. Ese momento nos dice que los proyectos que de verdad trascienden, nacen de la voluntad de colaborar cuando todo parece romperse.
La unidad no es un concepto abstracto de los libros de historia, es comprender lo esencial que resulta para la paz, el desarrollo y la resiliencia, por ello la libertad que se logró el 5 de abril fue una apuesta de personas con honor, patriotismo y valentía, que entendieron que el bien público está por encima de cualquier interés individual.
Hoy, más que nunca, esa unidad es urgente. Vivimos tiempos en los que la polarización parece dominar el debate público y los ideales del trabajo conjunto quedan relegados a un segundo plano.
El abrazo de O'Higgins y San Martín, es un símbolo que debemos aquilatar, en ese sentido la Batalla de Maipú debiese ser un contenido fundamental en el proceso educativo de la enseñanza básica y media.
Aprender sobre esta victoria refuerza la idea de que la independencia no fue un proceso fácil, sino que requirió sacrificios, alianzas y decisiones para el surgimiento de un estado libre y soberano.
Este significativo acontecimiento de nuestra historia tiene una conexión directa con la fe.
El Padre de la Patria hizo un voto de levantar un templo en homenaje a la Virgen del Carmen —a quién las tropas patriotas le encomendaron la victoria— en el mismo lugar donde se sellara nuestra independencia, templo que fue construido en 1892, del cual hoy solo se conservan los muros, lo que es un testimonio tangible de esa promesa y de cómo los símbolos de la fe se entrelazaron con la causa patriota.
Ante esta importante revelación nos toca decidir qué tipo de abrazo le daremos al futuro. Porque la independencia no es un evento que ocurrió hace siglos; es una construcción diaria que requiere del talento, de la ética y, sobre todo, de la capacidad de ver en el otro a un aliado, por ello, el legado de esa fecha nos golpea con una pregunta incómoda:
¿Estamos dispuestos a reconocer al 5 de abril, como un hecho trascendente de nuestra historia y que vale la pena no solo recordarlo, sino que celebrarlo con dignidad y creatividad en todas las esferas de la vida nacional?
Es hora de que la reflexión sobre Maipú se transforme en un acto vivo, por ello esperamos que las autoridades, especialmente las de la cultura y de la educación sepan responder esta pregunta con valor y responsabilidad, a fin de crear en las nuevas generaciones conciencia histórica, que ayude a comprender de mejor manera “El abrazo que aún nos sostiene”.


