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Por: Osvaldo Salazar, Director Nacional, Aldeas Infantiles SOS Chile.

Cada 8 de marzo hablamos de brechas, liderazgo femenino y violencia de género. Son conversaciones necesarias. Pero hay una pregunta clave que no siempre abordamos: ¿cuándo comienza la desigualdad? La respuesta es incómoda, pero clara: empieza temprano.

Empieza en los estereotipos que repetimos sin notarlo, en los roles que asignamos como naturales y en las distintas expectativas que proyectamos sobre niñas y niños. Cuando alentamos liderazgo en ellos y complacencia en ellas. Cuando validamos ciertas emociones en unos y moderamos otras en ellas.

Si queremos una sociedad más justa, no basta con corregir inequidades en la adultez. La transformación debe comenzar en la infancia, cuando se forman la autoestima y las aspiraciones. Porque educar en igualdad no es un eslogan: es una práctica cotidiana. Está en el lenguaje, en los ejemplos que mostramos y en las oportunidades que ofrecemos.

En contextos de mayor vulnerabilidad, este desafío se vuelve aún más urgente. Las niñas necesitan crecer convencidas de que no hay espacios vedados para ellas. Los niños, a su vez, requieren aprender que la fortaleza no se opone a la ternura, y que la empatía y la corresponsabilidad también son formas de liderazgo.

La igualdad no se decreta, se construye. En el hogar, en la escuela y en cada espacio donde somos referentes. El 8 de marzo debería recordarnos justamente eso: que el compromiso con la igualdad empieza mucho antes de que las brechas se hagan visibles.

Educar en igualdad no es un discurso. Es una práctica cotidiana.

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