De “obispo” a obispo: Peña trata de populista propuesta de Goic por sueldo ético

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Este domingo, el abogado columnista Carlos Peña, -cual obispo sin mitra- le responde fuerte y claro al obispo y vicepresidente de la Conferencia Episcopal chilena Alejanro GOic, quien hace unos días propuso que el sueldo ético debería ser de $400 mil, cuestión que avaló el propio arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati que aseguró que es el sueldo que él gana, lo que provocó toda clase de chistes y rechazo porque simplemente nadie le creyó.

En este contexto casi de caricatura, Carlos Peña en su sermonesca columna dominical fustiga el actuar de los “príncipes” de la Iglesia y bajo el título “El buenismo de Goic” que se resume: “En política a quien se aparta de la cruda realidad se le llama demagogo; si quien incurre en ese misma conducta es la Iglesia, se la llama maestra de moral. Una de las caricaturas de la ética la constituye el buenismo. En él acaba de incurrir el obispo Goic al sugerir un sueldo ético. Antes la Iglesia incurrió en algo semejante al tratar del aborto”.

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A continuación reproducimos completo el texto de la acertada columna de Carlos Peña:

“Una de las caricaturas de la ética la constituye el buenismo. En él acaba de incurrir el obispo Goic al sugerir un sueldo ético. Antes la Iglesia incurrió en algo semejante al tratar del aborto.

En uno y otro caso hizo su aparición el buenismo.

El buenismo es una falsificación de la bondad: consiste en decir o afirmar, frente a cualquier problema acuciante, una solución que parece obvia y fácil.

¿Una niña quedó embarazada como consecuencia de una violación? Pues hay que recordarle el valor de la vida con prescindencia de cómo se la engendró. ¿Hay personas que no alcanzan a satisfacer sus necesidades? Entonces hay que establecer un sueldo mínimo que les permita cubrirlas.

Fácil y obvio.

Pero desgraciadamente las cosas no son ni fáciles ni obvias. Es cosa de recordar algunos antecedentes.

El principio que subyace en la propuesta de Goic sobre el sueldo ético (aunque no obviamente el monto) deriva del viejo propósito de limitar al mercado, y sus más antiguas versiones se encuentran en el siglo XVII, cuando se quiso excluir el trabajo y la tierra del mercado autorregulado que entonces comenzaba a expandirse. Sobra decir que la propuesta fracasó: el trabajo igual se transformó en una mercancía regida por el sistema de precios.

Otro intento semejante se encuentra en la regla que, según soñó Marx, las sociedades escribirían alguna vez en sus banderas: dé cada cual según su capacidad y a cada cual según su necesidad. Las personas aportarían con su trabajo tanto como pudieran y a cambio recibirían cuanto necesitaren.

Pero cuando Marx formuló ese principio (a propósito de la crítica a un programa socialdemócrata), lo hizo como consecuencia de la crítica al sistema capitalista. Marx pudo equivocarse; pero en él no había nada de buenismo. Él sabía que para alcanzar un objetivo semejante el camino era arduo.

A diferencia de la de Marx, la propuesta de Goic o Ezzati no es, por supuesto, el fruto de una crítica radical al sistema capitalista, o de la lectura a la Crítica al programa de Gotha , sino que está inspirada por… el buenismo. Es decir, inspirada por el propósito de decir algo que se estima bueno, algo a lo que nadie podría oponerse, algo, en suma, que concita el acuerdo inmediato de todos, sin detenerse en los detalles, siempre dificultosos, relativos a cómo lograrlo.

Es el problema en el que, una y otra vez, está incurriendo la Iglesia. La sustitución de la ética por el buenismo.

Es la misma simplificación que hizo acerca del aborto en situaciones trágicas (donde se eludía el discernimiento que esas situaciones exigen por la mera afirmación de la vida) y ahora se repite con el tema del sueldo ético (donde se subraya qué bueno sería que se le pagara como mínimo, sin considerar ningún análisis crítico acerca de cómo alcanzarlo).

En vez de ética, buenismo puro.

La ética, así lo enseña Aristóteles, no consiste en afirmar un conjunto de principios, sino en discernir cómo alcanzarlos en medio de la rudeza de la realidad. Por eso el mismo Aristóteles declara, en un pasaje de la Ética nicomaquea , que vivir éticamente se parece a conducir una nave con la habilidad de esquivar las rocas y la espuma. Y es por eso también que Hegel, en la Fenomenología del espíritu , critica a lo que llama “almas bellas”, una figura que alude a quienes afirman el deber ser del mundo, sin detenerse en la tosca y cruda realidad.

En política a quien hace caso omiso de esos principios se le llama demagogo; cuando quien los desoye es la Iglesia se la llama maestra de moral.

Pero nadie, o casi nadie, repara en su buenismo, en esa caricatura del discernimiento ético, en ese sucedáneo con el que cada cierto tiempo los obispos y pastores irrumpen en la esfera pública pretendiendo aleccionar a los ciudadanos”, remata Carlos Peña.

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